Acabo de ver una pequeña concentración en la que se exhibía una singular pancarta: Incomunicación = Tortura.
Concentraciones como estas no son del todo inusuales en España y, mucho menos, en este rinconcito del mundo que se llama Euskadi.
Alguien podría sorprenderse de que algo tan simple como aquel lema haya despertado en mí la necesidad imperiosa de despertar de mi letargo bloguero, para expresar la imprudencia de afirmaciones como esas.
Cualquier especialista en marketing, no dudaría en afirm
ar lo acertado del lema. Es simple, fácil de recordar y, lo que es más importante, expone una identificación de términos que pretenden poner el mensaje tan mascado, que no sea necesario interpretar absolutamente nada. Simplemente, Incomunicación es igual a tortura.
En este mundo de lo fácil, donde las imágenes se quedan grabadas a fuego en la retina de la gente, lanzar mensajes con contenido no se lleva. Y, mucho menos, proponer ideas complicadas que requieran cierta explicación. No vaya a ser que tengamos que pensar…
Pero, con todo, a riesgo de parecer un estúpido homo sapiens, me niego a dejar pasar de largo barbaridades como esas.
Estoy seguro de que, la veintena de hombres y mujeres que sujetaban la pancarta, tienen familias, alguna que otra propiedad y, por supuesto, la sana costumbre de manifestar sus ideas a los cuatro vientos que, para eso, vivimos en una Democracia. De hecho, no me quiero ni imaginar el alboroto lógico que armarían si algún elemento pusiera en peligro cualquiera aquellas manifestaciones o bienes preciados.
Pues señores, en el mundo de lo idílico o, como diría Homer Simpson, en el país feliz, en la casa de gominola, en la calle de la piruleta, puede que no sea necesario asegurar todas esas cosas. Puede que en ese mundo de lo fantástico, sea posible salir a la calle sin riesgo a sufrir un atraco, tener una casa sin riesgo a que te la roben o expresar todas tus ideas sin poner en peligro tu vida. Pero resulta que esos hombres y mujeres de la pancarta viven en el mismo mundo que yo donde, desgraciadamente, existen atracadores, violadores, ladrones e, incluso terroristas.
Por esa razón, porque queremos un mundo en el que no suframos más riesgos de los necesarios, existen normas que aseguran un cierto orden. Y para mantener ese orden es necesario que, ante incumplimientos graves del mismo, que ponen en peligro a toda la sociedad, existan otras normas que prevean sanciones para quienes nos ponen en peligro. Eso es orden y, todo lo demás, es caos.
En el caso de la incomunicación, la legislación española la prevé sólo para casos muy excepcionales como es el de terrorismo y, en todo caso, de manera transitoria. Aún así, incomunicados o no, los terroristas cuentan con una serie de garantías, derivadas del mismo Estado de Derecho que ellos critican, que aseguran su indemnidad física y todos sus derechos procesales. ¡Oh Dios mío! Qué tortura tan grande.
La incomunicación no se aplica a quien hurta una cartera, ni a quien roba un banco. No. Se aplica exclusivamente a los sujetos más peligrosos de una sociedad como la nuestra, que no son sino quienes ponen en peligro a la propia sociedad.
La incomunicación sólo podría ser entendida como tortura en los supuestos en los que es aplicada indiscriminadamente contra cualquier ciudadano y por personas ajenas a los procesos que garantizan nuestros derechos democráticos. Por ejemplo, la incomunicación que sufrió Ortega Lara o a la que sometieron a Miguel Ángel Blanco antes de descerrajarle un tiro en la nuca sí es tortura. Pero, no sé que me da, que aquellos de la pancarta no contemplaban, ni de lejos, que estos casos que acabo de relatar pudieran calificarse de otro modo que de acciones de lucha para la defensa de los derechos de Euskal Herria.
La tortura a la que ellos se refieren es la que se ejerce contra los terroristas al aplicarles el régimen de incomunicación previsto en la legislación penal. Pues dicho esto, parece razonable pensar que esta identificación es sólo posible no ya si nos ponemos en el papel del criminal, en vez de en el de la víctima, sino encima, en el papel del criminal jeta que es incapaz, siquiera, de asumir que sus actos delictivos tienen aparejados consecuencias.
El lema que tan orgullosamente portaban mis amigos los concentrados, no quiere decir otra cosa que dejen ustedes que estos muchachos delincan y, además, no les penen por ello. Es decir: caos.
Pero el caos tiene algo bueno. Esos señores solo han necesitado dos palabras y un signo (=) para expresar su particular teoría del Caos. Sin embargo, la teoría del Orden ha requerido, en este caso, 15 párrafos para explicar algo que, no por obvio, deja de necesitar explicación.
¿Qué tendrá más éxito en este mundo del mensaje fácil?