Sé que no es elegante, pero me parece necesario. Lo siento, pero no estoy dispuesto a soportar que quienes han utilizado la mentira como arma, se vayan de rositas -nunca mejor dicho- y cubiertas del halo de santidad que la extremaderecha mediática les ha regalado. Rosa Díez, mujer de extremos donde las haya, ha decidido abandonar el PSOE para emprender una carrera personal al estrellato, para la que llevaba preparándose desde hacía tiempo.
Entre cambio de look y cambio de tinte, Rosa ha sacado tiempo siempre para poner a parir a un partido, el suyo, del que ha terminado por írse para, según ella, “poder defender con más libertad y sobre todo con más eficacia aquellas ideas por las que me afilié al PSOE“. Pero ¿cuáles son las ideas de Rosa?
Suelen decir que el peor enemigo de un político son las hemerotecas y, en el caso de Díez, nada podría ser más cierto porque, un simple vistazo a los archivos de cualquier medio de comunicación, nos permitirá reconocer el fariseismo feroz de quien no ha tenido el menor reparo moral de venir cobrando su nómina, gracias al mismo partido que ella acusa de haber “cedido ante el chantaje terrorista”. Pero, si eso fuera verdad, en qué se convierte ella que ha estado a sueldo de quienes “han consentido que ETA obtenga subvención, infraestructura y logística para preparar con mayor comodidad sus crímenes” (Extraído de la Carta abierta de Rosa Díez titulada ¿No creéis que ha llegado la hora?).
Y es que, el relativismo moral de Rosa Díez, es tan digno de estudio como la facilidad con la que ha demostrado moverse, de un lado al otro, siempre para acabar en el mismo lugar: tratando de encabezar algo que, por lo normal, suele acabar en fracaso. Y a las pruebas me remito: Primarias contra Nicolás Redondo, Primarias contra José Luis Rodríguez Zapatero…
Dice Rosa que ella “deja este partido, pero sigo (sigue) siendo Rosa Díez, la histórica, la antigua militantante”, pero yo me pregunto ¿qué Rosa Díez?:
- La que pone a parir al nacionalismo vasco o la que, tal y como recuerda Luis Aizpeolea, “Cuando la Ejecutiva socialista vasca (…) decidió abandonar el Gobierno vasco, al comprobar que el PNV negociaba con Batasuna el Pacto de Lizarra, fue (Rosa Díez) la que más trabas le puso”.
- La que pretende ser un referente moral para las víctimas del terrorismo, o la que, como Consejera del Gobierno Vasco que fue, se ocupaba de, en palabras de Jiménez Losantos (El Mundo, año 2000), “esconder, desmentir, ridiculizar y, si hacía falta, prohibir que se manifestase el estado de terror en que vivían los amenazados o asesinados por ETA y sus familiares”.
- La que se daba abrazos y besos con Mayor Oreja, María San Gil y Rajoy en manifestaciones por la unidad de España, o la que, ahora que parece que va a abrir negocio propio (Plataforma Pro), “no duda en decir que critica a la formación ‘popular’ por haber hecho ’seguidismo del PSOE, al meterse a proponer modificaciones estatutarias en Valencia, Andalucía, Galicia o Baleares con el discurso de que era preciso hacerlas, pero sin atreverse a decir: ‘Debatamos sobre lo que realmente es un problema para los ciudadanos”.
- La que dice que “el proceso de paz encierra una mentira ya que se podrá lograr la paz pero no la libertad (Europapress 2006)” o la que ahora reconoce que “si hubiera acertado –José Luis Rodríguez Zapatero- en el camino emprendido en ese proceso yo habría sido la primera en reconocer que estaba equivocada” (ESD/EP, septiembre 2007).
Sí, señoras y señores. Esa es Rosa Díez. Una persona que no se cansa de ir reprochando a todos los vascos y vascas una suerte de complicidad con los terroristas, si no pensamos como ella; una mujer que se ha llamado socialista por mucho tiempo, pero a la que no hemos visto aparecer por nuestro partido, a pesar de que decía querer ser referente de la ¿disidencia? en el mismo; alguien que no se ha cortado nunca a la hora de hacer de su capa un sayo y de acercarse a lo que más le convenga, eso sí, con una habilidad camaleónica que conseguiría sonrojar al más chaquetero de los tránsfugas.
Esa es/son Rosa Díez. Y, lo sé, quizá no sea elegante decirlo, pero creo que me comprenderéis cuando afirmo que alguien tenía que decirlo.